Con la salida de Bush de la Casa Blanca no sólo desaparece el imperio del mal contra el mal haciendo uso del mal (valga la triple redundancia) . El fin de su etapa al frente del Gobierno de la primera potencia mundial representa además el momento en el que acaba la era de la supremacía ideológica neoconservadora. Este modelo de pensamiento se adueñó de los principales centros de poder y extendió sus ramificaciones más allá de las fronteras estadounidenses, exportando formas más salvajes de capitalismo globalizado.
La reducción al mínimo o a la nada del papel del Estado para velar por el cumplimiento de ciertos preceptos imprescindibles en el desarrollo económico y la cesión de ese poder absoluto al entorno financiero, tan escasamente regulado, ha desembocado en una de las peores crisis de nuestra historia reciente. Sobre todo a raíz del fracaso estrepitoso y la sucesión de mentiras en torno a la Guerra de Irak esos neocons de los que se fue rodeando Bush en su Administración fueron cayendo y sus aliados en otros países se tambalearon uno a uno hasta el derrumbe.
¿Qué queda ya de aquella foto de las Azores? Probablemente, el ansia de resurgir de las cenizas de un pueblo y el deseo imposible de toda una generación de borrar de las páginas de la historia tal vergüenza. El ex presidente español José María Aznar no parece haberse dado cuenta aún y, aferrado a su fundación FAES, mantiene intacto el orgullo para no asumir sus errores.
El hecho de que Bush deje la Casa Blanca con cotas de popularidad mínimas (de un 27 por ciento), en medio de una crisis internacional de consecuencias devastadoras, es el colofón del fin de una era de la que es complicado extraer algo positivo. Una de las bases del pensamiento neocon, del que en España encontramos el exponente más claro en la actitud del Ejecutivo Aznar ante el atentado del 11-M, radica en la búsqueda de una comunicación política eficaz a partir del uso intencionado de la mentira y de la manipulación cuando se considera necesario.
Uno de los capítulos que más me gusta de The West Wing (El Ala Oeste de la Casa Blanca) es, en su traducción al español, ‘Dejad que Bartlet sea Bartlet’. En él el equipo de asesores del presidente se enfrenta a la bajada de 5 puntos en el índice de popularidad, ya de por sí bajo, del máximo mandatario de Estados Unidos. Tras una acalorada discusión en la que Bartlet y su jefe de Gabinete se intercambian reproches sobre quién es el responsable del estancamiento o fracaso de las políticas del Gobierno, se establece una nueva estrategia basada en quitar el corsé al presidente y dejar que sea él mismo. ¿Dejarían Dick Cheney, Karl Rove y compañía a George Bush en algún momento parecerse a George Bush?
Obama ha dicho de él que es un buen tipo. Sea como sea se olvidó de lo fundamental, abandonar la creencia, también muy neocon, de que el bien, siempre está de nuestra parte y que el mal, suele encontrar cobijo en el lado ajeno. Y, sobre todo, se olvidó de gobernar para los ciudadanos.
