Hoy, al despertar envuelta en este silencio propio de las mañanas del fin de semana en mi ciudad, me han venido a la memoria recuerdos de donde me encontraba días como éste hace exactamente un año. He recordado el mismo silencio inquietante pero premonitorio que había alrededor de la Casa Blanca aquel 4 de noviembre y apuntando hacia ella los focos de decenas de cámaras de televisión de todo el mundo, instaladas en los edificios de enfrente.

Junto a la Casa Blanca con José Luis Acedo. Noviembre'08

 

Esta semana han corrido ríos de tinta sobre lo mucho, lo poco, lo rápido o lo lento que ha cambiado Estados Unidos, y con este país como motor de cambio, el resto del mundo, desde la victoria de Barack Obama. También se ha escrito mucho sobre cómo su campaña electoral y su elección como presidente de la primera potencial mundial, la manera en que todo ello ocurrió, supuso una revolución en la comunicación política tradicional que venían desarrollando los partidos. No pretendo hablar ahora de eso, sino escribir sobre las sensaciones que todo el proceso provocaron en mí.

Indicación de un colegio electoral en USA'08

 

La impresión de vivir algo histórico, más allá de los límites territoriales de USA, tuvo mucho que ver con la emoción compartida por tantos al escuchar el ‘Yes, we can’  hecho canción, símbolo del deseo generalizado, casi universal, por un tiempo nuevo alejado de guerras injustas (todas lo son, en mi opinión), de capitalismo salvaje, de soberbia, de ausencia de respeto hacia el más débil, de falta de diálogo, de la no participación de la ciudadanía en la toma de decisiones que le afectan, de insolidaridad, de las barreras ficticias por raza, sexo, religión… Del mismo modo, nos emocionaban los discursos escritos por el jovencísimo Jon Fraveau para ser entonados de forma tan brillante por Obama (un colega sostiene que ganó las elecciones en gran medida por su voz).

Cola ante The Washington Post el día después de la jornada electoral para adquirir la edición especial del periódico

De esos días mágicos en Estados Unidos de los que ahora se cumple un año recuerdo los encuentros con periodistas de primer nivel desplazados para cubrir el acontecimiento, entre ellos a Matías Prats y al resto del equipo de Antena 3, a quienes agradezco que me llevaran al hotel desde el aeropuerto; las dudas de algunos taxistas negros respecto a Obama, que me hicieron temer por primera vez un posible exceso de confianza en la victoria; la mesa redonda con Anita Dunn, ahora directora de Comunicación de la Casa Blanca; el almuerzo con Ben Self, de Blue State Digital, empresa encargada de la tan exitosa campaña en Internet del ahora presidente de los Estados Unidos; las colas interminables ante la sede principal de The Washington Post para adquirir un ejemplar de la edición especial sobre las elecciones, que, por cierto, se revalorizó de manera inmediata tanto en los puestos callejeros como en las subastas on line; la fiesta organizada por Ravy Sign en la noche electoral y las lágrimas de algunos asistentes; los abrazos de desconocidos por la calle tras conocer la victoria demócrata; las cervezas en el Post Pub (recomendación de Marc López Plana) en las horas previas al momento de la elección; la engañosa tranquilidad en el despacho de Obama en el Senado… En fin, tantas, tantas cosas que sólo me llevan hacia el recuerdo de haber asistido muy de cerca a uno de los momentos histórico-políticos más importante y emocionante de nuestra vida…

 

Puerta del despacho de Obama en el Senado de los Estados Unidos

 

 

 

 

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